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Reparar como acto de supervivencia

Viendo redes me topé más de una vez con publicaciones que llevaban la frase reparar es un acto de rebeldía, a veces también resistencia. No le había prestado mucha atención hasta hace poco cuando, caminando por el centro comercial, la vi escrita con letras grandes en la vitrina de un local en el que vendían ropa y accesorios de montaña, y en el que ahora ofrecían también el servicio de reparación: reparar es un acto radical.

Normalmente una frase que implica resistencia o confrontación ante el sistema no tendría cabida en un lugar que es la representación misma del consumo entonces me preguntaba ¿qué pasó aquí? ¿en qué momento lo contradictorio logró juntarse? Parecía estar ante otro síntoma de algo que percibo últimamente: el status quo se está denominando a si mismo lo “radical”, la “resistencia”. En otra parte del local se leía “por nuestro planeta”, junto a la imagen de un hombre correctamente equipado alcanzando la cima de una montaña. El reclamo convertido en slogan por la industria textil.

¿Estas frases realmente convencen a alguien? ¿Hay alguien que se asume a sí mismo/a radical porque repara? La respuesta a la que llegué fue que es justamente quien va a lugares como esos a comprar cosas que otros no pueden costear quien puede decidir si repara o no las cosas que se dañan, como un acto moral, consciente y electivo de resistencia ante el consumo. En términos simples: decide arreglar, AUNQUE podría comprarse otro.

Pensaba en todas las veces en que, desde pequeña, veía a mi mamá arreglando cosas en la casa. Me acuerdo especialmente de cómo cosía, con tanto cuidado y paciencia aun cuando yo ya necesitaba urgentemente el pantalón para completar el uniforme y salir a la escuela. Nunca le escuché decir que lo hiciera por una postura política. Tampoco creo que lo hacía porque “eran otros tiempos”. Seguramente en su época también existían las mamás que no reparaban las cosas de sus hijos e hijas porque podían comprar nuevas. Existían, seguramente, escuelas en las que los niños y niñas no seguían usando pantalones remendados cuarenta veces en la misma rodilla porque “se veía mal”, osea se veían pobres. No es época, no es postura política. Será entonces privilegio. Pregunto.

Porque esta idea de que no consumir es una postura política que se decide, en realidad no aplica para quienes no consumir es parte de la vida y reparar las pocas cosas que tiene es un acto de supervivencia. Hay quienes podemos consumir un poco más allá de lo necesario, aunque todavía sin la posibilidad de consumir para costear hobbys caros como ir a la montaña, pero también hay otros/as que participan mínimamente de esa sociedad de consumo. Participan sí como mano de obra o comerciantes de pequeñas mercancías, pero no como consumidores. Sobreviven con lo justo y reparan para tener qué usar y reparan porque heredan cosas que requieren reparación constante.

Las abuelas hacen toallas de cocina de las sábanas viejas, los niños y niñas usan ropa cosida de sus primos mayores y quienes empezamos a formar nuestros propios hogares cocinamos en las ollas parchadas que nos regalaron las tías y recibimos a las visitas en los sillones de cuarta generación. Para nosotras y nosotros, reparar es la vida misma y consumir es un acto casi negado. Las personas que deciden no consumir por razones políticas, así como las que consumen sin pena ni gloria, suelen ser las mismas que desde su moralidad luego juzgan a quienes consumen a pesar de sus carencias. Las que cuestionan por qué la casa sin acabar ya tiene un televisor gigante o por qué se endeuda la familia en una fiesta de 15 que seguirá pagando por tres años más. A mi eso me parece más radical: disfrutar de las pocas cosas lindas que nos podemos dar en lugar de pasar preocupados por sobrevivir con austeridad. La carencia solo puede parecerle radical a quien nunca en realidad le ha faltado algo.

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