Por nuestros angelitos, cuánto podemos llorar
No es la primera vez que observo la Pietà pero sí la primera que me resulta poco familiar. La primera vez que me pregunto cómo pudo esto sentirse familiar alguna vez para mí. ¿Qué tenía que ver conmigo de niña? ¿Qué podía en realidad entender yo de esta escena o de esa mujer? Era familiar porque aparecía en museos, iglesias y textos escolares. Debía asumir que era un hecho histórico plasmado por algún excelente artista y, por tanto, tenía un valor incalculable para la humanidad. Incuestionable. La Piedad viene en pinturas y esculturas que retratan el momento en que la madre recibe el cuerpo de su hijo tras el sacrificio que este ha hecho en nombre de Dios. La madre mira al cielo, lo comprende, lo acepta. Vive el duelo en compañía. Hay sufrimiento, pero también calma en su corazón. ¿Es así como se supone que las mujeres buenas vivamos la pérdida de los hijos e hijas?

Debe ser por eso que incomodan tanto las madres que no se calman ni resignan. Que no lo aceptan mirando al cielo, en silencio y oración. Elaborando un discurso que les permita seguir adelante mientras le prometen a Dios que entienden su plan. Las que hacen carteles, pintan murales con el rostro de sus hijos e hijas y se compran un megáfono para gritar sus nombres por las calles. Las que llaman a romper y quemarlo todo. Las que siguen buscándolos décadas después. No encuentran resignación. Malas mujeres. Suelen causar empatía solo al principio, durante el grito desgarrador, pero no cuando se niegan a vivir el duelo en privado, en calma, siendo un ejemplo de fortaleza, como se supone que lo vivamos todo las mujeres.

Estas imágenes sí se sienten reales. Las puedo entender. Existen como formas de resistencia y no como escenas elaboradas para darnos una lección. Exponen al poder necro político y su gestión de la violencia y la muerte. Señalan que no hay plan divino, sino culpables. Personas reales que parecerían no tener rostro, pero lo tienen. En las calles, en los barrios, detrás de escritorios en reuniones elegantísimas, en el Estado. Las y los gestores de la muerte. Quienes deciden no hacer nada para prevenir que los hijos e hijas se mueran porque no son los suyos. Esos sí están muy bien protegidos. De ser posible viven en el extranjero en algún país en el que es menos probable morir de forma criminal.

Perder a un hijo es una posibilidad, tanto que es ahora parte del discurso cotidiano.
Habían pasado apenas cinco minutos de haber iniciado una clase cuando, en el primer diálogo que sosteníamos sobre asuntos varios del desarrollo infantil, una de mis estudiantes dijo de repente “mijo, el más pequeño, siempre fue extrovertido, bien diferente de mi primer hijo, también de mijo el del medio, aunque a ese ya me lo mataron hace 4 meses”. Yo me quedé fría, impactada por la naturalidad con la que lo dijo. Con la comprensión tan clara de que eso es algo que sucede, por allá, donde ella vive. Ni por un momento la juzgué, no pensé que la calma, casi la frialdad con la que lo dijo fuera su problema. Pensé, me asusté de inmediato con la idea de que perder a un hijo se hubiese convertido en un hecho normal, casual, esperable. Y esta idea quedó rondando en mi cabeza hasta convertirse en la pregunta ¿Cómo se vive la maternidad en estos contextos en los que los hijos mueren? ¿cómo se vive el duelo?
Bajo la lógica colonial hay cuerpos que importan menos que otros, bajo la lógica necropolítica hay un poder que activamente gestiona su muerte y en el pensamiento de Judith Butler hay vidas menos llorables que otras. Para la maternidad en contextos de vulnerabilidad y violencia esto implica tener conciencia de que los hijos vienen al mundo con más posibilidades de desaparecer o morir y esto depende más de factores como la raza, la clase, el género y la sexualidad, que de sus elecciones individuales o los valores que como familia se pueda transmitir. En nuestro país hay bebés muriendo por falta de insumos, niños y niñas en la Amazonía muriendo por enfermedades prevenibles, adolescentes siendo desaparecidos por el Estado en la Costa. Hay, también, adolescentes muriendo en medio de conflictos del crimen organizado, en libertad o privados de ella. Todas pérdidas provocadas por el Estado, por su acción directa o ineficacia.
Y todas esas madres penan por igual, sin permiso, sin tiempo, sin poder parar. Lloran lo que se les permite porque se les recuerda que la vida de su hijo no era tan llorable como otras. Porque no vivió mucho, porque se equivocó, porque no lo pudieron proteger. Porque no era digno de estar en un mural ocupando el espacio público, porque no era un angelito, no estaba cerca de Dios como sí lo están las infancias protegidas por el dinero y el poder.
Por eso se borró el mural, se inundaron las redes de comentarios que le echaban la culpa. No se le dio ni una semana libre en el trabajo. Se le entregó el cuerpo de su hija en un cartón.






¿Es esta también una reivindicación feminista? Asegurar a las madres el permiso de lanzar sus gritos desgarradores cuanto quieran, de nombrar a sus hijos e hijas y quemarlo todo, de señalar a las y los culpables y librarse a sí mismas de la culpa pero nunca de la rabia. De romper. De hacer en sus casas altares con la última foto, la que se usó para el cartel de desaparecidos, para el noticiero o para la marcha. De reivindicar la bondad de sus hijos sin importar su historia, aún si esto implica disputarse la figura angelical.
No permitas madre mía, por tu inmaculada concepción que tenga pesadillas y no pueda dormir hoy, vos como buena madre dame tu santa bendición.
El angelito no como referente de santidad e inocencia, irreal como todo referente de la gente conservadora. El angelito como el alma infantil que encontró paz fuera de este mundo violento.
Las madres no están solas, ni en la lucha ni en el duelo.

