Una educación defectuosa

Una educación que avanza con defectos, como puede entre todo lo que no funciona. O una educación que resalta los defectos en nosotros y nosotras. Las dos. He estado de los dos lados del proceso, como maestra y como estudiante. En la lucha por superar los defectos de la educación y la lucha por esconder los propios, todo para que funcione algo destinado inevitablemente al fracaso.

Aunque seguramente sea injusto llamarle educación, es, mas bien, el sistema educativo. La estructura, las cuatro paredes más el patio encerrado en otras cuatro paredes. Un engranaje de procedimientos y conceptos que definen las mentes diferentes como problemáticas. Los trastornos definidos en función de los problemas. El síntoma de la interferencia en la vida cotidiana y la imposibilidad de adaptación como la culpa más evidente puesta en el sujeto. En el niño, la niña, en muchos de nosotros y nosotras en algún punto de la vida.

Las mentes que funcionan de maneras inusuales traen también una serie de fortalezas que se vuelven invisibles ante las dificultades. El niño que no se queda quieto, la niña que hiperfocaliza -pero no socializa-, el joven demasiado inteligente, la adulta que se niega a ser especialista. Todos definidos por su forma, porque es su forma la que no les permite ajustarse al engranaje.

Y un sistema defectuoso que exige a todos y todas ser iguales en su mente y en sus maneras de explicar el mundo. Y no se trata de metodologías de enseñanza, es el enfoque sobre los “problemas” que se torna en el enfoque de la vida misma para las personas a quienes vamos convenciendo de que los padecen. Y se padece el resto de la vida pensando que una es el problema.

Un conjunto de síntomas y características que quieren ser la explicación de por qué nos sentimos tan mal, pero son la causa. Una educación que no reconoce sus defectos, pero es exitosa en señalar los del resto. Un sistema social que pone la culpa en las personas y nos obliga a vivir por siempre atados a ella.